pero no puedo parar de escribirte.
Qué quieres que te diga, confieso mi añoro por construir el camino de mi futuro entre los escondites más oscuros de tu espalda. Eso de crear sonrisas cada amanecer desde el lado derecho de tu cama. Que extraño nuestros días malos bajo un silencio que embriagaba, la música de tus suspiros en mi oído y el placer de deleitarme con recorrer tu cuerpo a base de caricias.
No le temía a nada y que alguien se atreviera a jugar con mi amor por ti.
Amor que mata.
Que hiere.
Que mutila.
Y que escuece.
Amor que, para que negarlo, embelesa.
Aunque fuera a base de engaños, eras tú y eso nadie puede negarlo. Me emborrachaste de mentiras, pero me hiciste feliz, y por eso deberían darte un premio.
Hasta que tuviste cojones de callarte y largarte. Y no te importó que me ahogara entre mis propias lágrimas, que mi corazón sangrara unos 'te quiero' que ya no valían nada. Que no te supuso ningún esfuerzo dejarme despechada, destrozada, débil, rota y hundida. Que ni te planteaste volver la mirada atrás para ver salir de mis labios rojos en los que tantas veces te perdías un 'no te vayas, por favor'.
Y nunca tuve el valor para mandarte las mil y una cartas que te escribía cada noche siendo la luna mi única compañía. Esos sobres que mi vida y dolor llevan consigo se acumulan. Un desamor que hizo heridas incurables. Amor intenso, de altos vuelos que en un momento me estampó contra el suelo.
Y, ya sabes porque me gusta tanto Neruda, que yo también puedo escribirte los versos más tristes esta noche.


