21 jul. 2011

Five - 1ª parte

2008
Me despierta el sonido despampanante del despertador, abro los ojos lentamente, con sutileza, cuando los abro todavía es de noche, sigo tumbada en la cama. Aun no quiere amanecer cuando, en un último intento fallido, intento dormir de nuevo. Miro el reloj, marca las siete y media de la mañana, temprano para mí pero tarde para mi padre que ya sale en dirección a su empleo. Quiero volver a recuperar el sueño, soñaba mi vida, tal y como es. ¿Y si todo esto es un sueño? ¿Y si algún día despertamos todos de verdad, con otra vida que vivir por delante? ¿Y si esta vida es mejor, porque los sueños siempre son mejores? Demasiados “Y si…”, pero aquí va otro: ¿Y si todo sale mal? Prefiero levantarme que seguir pensando. Bajo y desayuno, sola, a la luz de los primeros rayos de sol del día. Estoy lista. Subo hacia mi cuarto y saco la maleta. La lleno con toda la ropa y zapatos que puedo. Hago la cama, ordeno mi cuarto y lo dejo listo para mi regreso. Bajo mi maleta y mi bolso. Todo lo hago con lentitud, esperando un cambio en mi mente, que se me crucen los cables, pero no, eso no va a pasar. Estoy decidida, esto es lo que quiero hacer, este es el camino, entre todos los posibles que hay, que he decidido tomar. Subo, me ducho y me visto. Ya son las nueve, mi avión saldrá en dos horas. Ahora me dirijo a la habitación de mi madre, la beso en la mejilla y le digo que la quiero. Es tarde, un último vistazo a la casa y un poco de comida en el bolso me basta para salir corriendo. Cojo el coche. Ya he llegado al aeropuerto. Facturo las maletas con prisa, solo quedan diez minutos. Me dan la tarjeta de embarque y, cinco minutos después, estoy sentada en el asiento del avión. Despegamos, dan el pequeño discurso que dan siempre, miro por la ventada donde volveré años mas tarde. Y me siento feliz, voy camino de mi sueño, voy camino de Nueva York.
2011
Entro en este tugurio de bar, solía venir con Jonh Carters, mi mejor amigo. Ahora vengo sola. Hace exactamente un año que se fue a San Diego, California; a causa de un traslado de su padre, es biólogo. Sí, lo echo de menos, no soy una chica muy sociable, tengo amigos, pero los justos.
El bar no es como lo recordaba, desde que se fue no he vuelto. Antes era alegre, con jóvenes tomando zumos de frutas varias y música alta, lo justo como para oír bien a tu acompañante. Estaba lleno de luces parpadeantes. Aquí acostumbraban a quedar viejos amigos, primeras citas, y equipos de algún tipo de deporte cuando ganaban. Ahora solo veo cuarentones solteros y viejas que se han aburrido de jugar al bingo. También han cambiado a la camarera.
Me quedo en la puerta pensando en cómo pasa el tiempo, un día te levantas para empezar tu primer día de guardería y ahora estás en el último curso de bachiller, a punto de pasar a la universidad.
Por fin salgo de mi mundo y ando a paso lento por el local, mirando a cada persona, fijándome hasta más allá de las apariencias, deduciendo que tipo de personas son; siempre lo hago, es un mal hábito que he cogido.
Veo una mesa libre al fondo, al lado de la ventana. Visualizo aquella imagen de hace unos 2 años atrás. Jonh y yo acabábamos de terminar los exámenes, era de noche, y fue la primera y última vez que tomaría vino.
Me siento con cautela, intentando no alterar el bar que está sereno. Pronto se acerca una camarera, pido un zumo de guayaba y melocotón. Vivo, bueno, vivía aquí, en Cape Cod, es un pueblo pequeño así que es normal interesarse por la vida de los más desgraciados. Me mudé sola, y otra vez desde mi llegada a Nueva York, a la ciudad de Manhattan para cambiar de aires, pensaba volver, pero vivo al lado del Central Park, y aquello me gusta bastante. Alquilé un piso que ahora he comprado con el dinero de la universidad, no sé qué haré ahora.
El zumo no tarda mucho en llegar a mí y yo lo pago. Me recuerda a una película dramática, acaricio el vaso antes de llevármelo a la boca para disfrutar desde hace mucho tiempo de este jugo de sabores.
No me quedo mucho tiempo allí, termino el zumo y me levanto para irme. El autobús tarda un rato en llegar, cuando llego a la ciudad cojo un taxi que me llevará a mi piso. De camino a mi casa miro el reloj, las 19:41 pm, me lo pienso bien y le digo al taxista que cambie de rumbo, que me lleve a uno acantilado perdido que conocí cuando iba de excursión con mi curso.
Me cuesta caro el taxi, no importa, merece la pena ver aquello. Avanzo a paso lento por las piedras, intentando no caerme. El viento me revuelve el pelo, yo sigo mi camino hasta el final. Al final llego y me asomo, las olas chocan ferozmente contra las rocas y se vuelven a hundir en la sutileza del mar atlántico. Luego me siento, me siento al borde del precipicio.
 Sé que puedo caerme en cualquier momento, pero no lo hago, de esta situación podría salir muy mal parada, pero no importa. Quizás me gusta sentir miedo, temor, o quizás solo quiera recordar que se siente cuando se siente algo.
He llegado a casa. Le doy al interruptor pero la luz no se enciende, solo parpadea un poco. Dejo el bolso al lado del marco de la puerta y andando un poco para adelante dejo los zapatos. Intento llegar a la ventana para abrirla y ver algo más con la luz singular que ofrece la luna pero poco antes de llegar, noto un parpadeo a mi espalda. Me doy la vuelta asustada y una vela aromática está encendida en el suelo, junto al sofá.
-¿Hay alguien ahí? –susurro como en una película de miedo.
Debajo del sofá se puede ver asomado el pico de un sobre. He abierto el sobre. Es una nota.
“No creías que no me acordaría ¿no? por mucho que no lo quieras reconocer, hoy es tu cumpleaños” Jonh.
¿Jonh? Es imposible, está en San Diego.
(Esta es la primera parte de mi libro.)

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