3 sept. 2011

NY


Me despierta el sonido despampanante del despertador, abro los ojos lentamente, con sutileza, cuando los abro todavía es de noche, sigo tumbada en la cama. Aun no quiere amanecer cuando, en un último intento fallido, intento dormir de nuevo. Miro el reloj, marca las siete y media de la mañana, temprano para mí pero tarde para mi padre que ya sale en dirección a su empleo. Quiero volver a recuperar el sueño, soñaba mi vida, tal y como es. ¿Y si todo esto es un sueño? ¿Y si algún día despertamos todos de verdad, con otra vida que vivir por delante? ¿Y si esta vida es mejor, porque los sueños siempre son mejores? Demasiados “Y si…”, pero aquí va otro: ¿Y si todo sale mal? Prefiero levantarme que seguir pensando. Bajo y desayuno, sola, a la luz de los primeros rayos de sol del día. Estoy lista. Subo hacia mi cuarto y saco la maleta. La lleno con toda la ropa y zapatos que puedo. Hago la cama, ordeno mi cuarto y lo dejo listo para mi regreso. Bajo mi maleta y mi bolso. Todo lo hago con lentitud, esperando un cambio en mi mente, que se me crucen los cables, pero no, eso no va a pasar. Estoy decidida, esto es lo que quiero hacer, este es el camino, entre todos los posibles que hay, que he decidido tomar. Subo, me ducho y me visto. Ya son las nueve, mi avión saldrá en dos horas. Ahora me dirijo a la habitación de mi madre, la beso en la mejilla y le digo que la quiero. Es tarde, un último vistazo a la casa y un poco de comida en el bolso me basta para salir corriendo. Cojo el coche. Ya he llegado al aeropuerto. Facturo las maletas con prisa, solo quedan diez minutos. Me dan la tarjeta de embarque y, cinco minutos después, estoy sentada en el asiento del avión. Despegamos, dan el pequeño discurso que dan siempre, miro por la ventada donde volveré años mas tarde. Y me siento feliz, voy camino de mi sueño, voy camino de Nueva York. 


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