6 abr. 2013

Por una Torre Eiffel que se derrumba.


—Nos amamos.
—Te amaba.

Jugó con la punta del cuchillo sobre la madera gastada de la repisa de la ventana. Aquella ventana a una inmensa ciudad. Aquella repisa en la que tantas veces habían tenido sexo. Un sexo bandido. Aquella ventana que se abría en verano para dejar entrar el fresco y se cerraba en invierno manteniendo el calor dentro.

—Lárgate si no quieres que te lo clave entre cada costilla una y otra vez —le dijo ella sin ni si quiera una pizca de compasión en la voz. Sabiendo ambos que lo haría, que dejaría que se desangrara hasta morir. Así que él decidió irse.  Dejó aquel cuerpo semidesnudo, de una mujer a la que amó, a la que arriesgó a prometerle un 'para siempre' pegado al cristal que gobernaba, desde el último piso de aquel inmenso e imponente edificio, una ciudad fría y distante entre cada calle.

Fue cerrar la puerta para que a ella le cambiase la vida al completo. Simplemente...

...París. Tenía decidido que debía de ir a París. Ahora que aquel capullo había desaparecido de su vida, conservaba la esperanza de que fuera para no volver nunca, sabía cuál debía ser su camino a seguir. Lo primero era olvidar aquellos años oscuros en los que algo que había destrozado demasiadas almas abultaba en su bolsillo izquierdo, aquellos años en los que no le importaba ser nómada de camas en las que nunca llegaba a dejar huella, puesto que desaparecía con sigilo cuando caía la madrugada, antes de que ningún plan de futuro se forjase. Aquellos años en los que el único amor que fue capaz de sentir lo guardó para él, (un capullo que ahora la dejó tirada) aún sabiendo que no lo merecía. Aquellos años, debían ser olvidados para salir adelante. Antes de aquella época, la vida le sonreía. Sí, juro que lo hacía. No todo su pasado había sido tan negro, ni todas sus horas tan largas. Hubo un tiempo, en el que no cargaba con más de una vida a sus espaldas. En ese tiempo, ella hablaba en francés, y susurraba en los oídos de él poemas, que, muy a su pesar, aún es capaz de recordar.


Tendido sobre la cama aún recordaba aquellas que podrían ser las últimas palabras compartidas entre ambos, "Lárgate si no quieres que te lo clave entre cada costilla una y otra vez."

Bebía espumosa y fresca cerveza, con el pelo alborotado, casi tanto como las venas, pensando en verse como un hombre acabado, el alcohol se iba apoderando de su cuerpo. Con la mirada fija en el cielo de su habitación. No era momento de hacer ninguna gilipollez, o tal vez sí.

Más tarde, en otro punto de la ciudad. Un timbre sonaba, sonaba repetidas veces.

—¿Quién es? ¡Joder, basta, vas a fundirlo! —cogió su suave albornoz nuevo para no recibir a nadie en un simple sujetador y unas dulces bragas de encaje.

Y entonces notó como el mundo, ese mundo que jamás había estado a su favor, se desmoronaba ante sus ojos. Hace un segundo estaba soñando con su nueva vida en París. Y al abrir una puerta (una puerta que podría no haber abierto jamás) se había encontrado con el que fue y era el amor de su vida, con los ojos morados, la cara pálida, los ojos llorosos, y con una botella quebrada de aquella marca de cerveza que tantas veces se habían bebido a medias, entre las manos.

—¿Que coño haces?

Nadie contestaba, él no emitía señales que le autentificaran como un jodido ser humano más. La miraba callado, con el mismo pelo alborotado, y ahora, quizás, las venas desgarradas, con ansias de tenerla, con la misma codicia con que ella deseaba matarlo.

Sedientes de sangre, forcejearon hasta que llegaron al sofá. Ese que tanto sexo había olido y soportado. Pero está vez no sería para aquello. Está vez sólo quedaría una persona en casa. Hoy, la victoria sería individual y única.


—Te odio. —Susurró, apartándola a un lado. No tenía los cojones suficientes para hacerle daño. Ni quería. El dolor por el odio que ella le tenía, lo había cegado. Gilipollas. No se da cuenta, no se daba cuenta de que debían estar juntos. Que se necesitan para protegerse, y para no terminar de destruirse. Aunque él para ella fuera un error, era el mejor de todos los errores. 
—¿Solo porque tú tienes tan mala memoria como para no recordar lo que te he dicho hace unas horas tienes que venir aquí a joderme? Tengo planes, y tú no estás entre ellos.
—¿Por qué? 
—Porque me has jodido la vida, así de simple. 
—La vida te la jodiste tú sola. Entraste en un circulo del que todavía no has salido, ni lo harás.

Meditó sus palabras, ¿Tenía razón? Cuando tocas fondo, y lo único que sabe sacarte a flote, te destruye cada día más, no tienes remedio. Él era lo único. Pero necesitaba una nueva vida. Lejos.


Y mientras a ella se le pasaban todas esas estupideces por la cabeza, él no lo pudo soportar más. Se levantó de aquel sofá en el que habían caído, y del que ella ya se había escapado, y en un movimiento tan rápido que ella no pudo prever, se abalanzó sobre sus labios. La besó con fuerza. No con ternura, ni siquiera pasión. Con fuerza, con agresividad. La sujetó con firmeza, rodeando sus delicados brazos con sus grandes manos, esas que a ella tanto le gustaba sentir en todo su cuerpo... Quizá en otras circunstancias.

Ella se revolvió, ¿qué podía hacer sino? Intentó zafarse de aquel monstruo que se negaba a aceptar que aquello se había acabado, de aquel monstruo que la obligaba a sentir lo que nunca quiso sentir. Luchó por evitar sus labios, pero él le sacaba dos cabezas y casi treinta kilos de puro músculo. Agitó su cabeza hasta que su cuerpo cedió. Para entonces, el bonito rojo carmín de sus labios ya se había extendido por todas sus mejillas, y no sólo sus labios se habían apoderado de ella. También su cuerpo, sus brazos, incluso sus ojos.

Sí, sus ojos también. Porque cuando los abrió se los encontró fijos en ella, y se dio cuenta de que no podía seguir luchando. Al menos esta vez. Así que se entregó, dejó que la elevara en el aire y rodeó su cintura mientras le arrancaba la camiseta. Él la encerró entre su cuerpo y la pared, y ella, simplemente, dejó que aquel albornoz de seda resbalara de su piel y aterrizara en el suelo.

Él, en ningún momento pudo predecir que aquella prenda brillante, suave y color escarlata, como sus labios, eran la advertencia que no debía de ignorar, un símbolo de lo que más tarde sería un charco de sangre en el suelo de aquella misma habitación que había escuchado sus últimos gemidos de placer.

"Esta vez, será la última."

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Entrada conjunta en colaboración de las maravillosas:
(Los nombres se sitúan en orden y color correspondiente al de la parte que cada una ha escrito. Clicka sobre sus nombres para acceder a sus respectivos blogs.)

3 comentarios:

  1. Lo leí en el blog de Yaiza, y sin duda habéis conseguido entre todas llegarme. Así que ya que no te seguia, te sigo apartir de ahora(:

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  2. Un blog lleno de creatividad y sensibilidad.Un rincón para soñar.Te sigo y te invito a seguir mi blog.Saludos poéticos.

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  3. ¡Me encanta tu blog y cómo te escribes también! Te sigo. Un besito.

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